Profeta Isaías

Profeta Isaías

Isaías, profeta de Judá, cuyo nombre significa «Yahvé es salvación», fue un joven de buena familia que vivió la difícil época de la conquista de Samaría por Asiria en el año 722 a. C. Contemporáneo de Amós, Oseas y Miqueas, es uno de los profetas mayores.

El año en que murió el rey Ozías, Dios se le apareció en el Templo y lo llamó a ser su profeta. Así lo narra él mismo en su libro. Desde entonces, Isaías se convirtió en uno de los más grandes portavoces de Dios, anunciando al pueblo de Israel que un día el Mesías llegaría para traer la paz y la justicia para siempre.

Su actividad profética se desarrolló sobre todo durante los reinados de Ajaz y Ezequías (736–687 a. C.). Fue testigo de la caída de Samaria, vivió en Jerusalén y actuó como consejero de los reyes Jotam, Ajaz y Ezequías. Obedeciendo el mandato divino, Isaías advirtió a los reyes sobre el peligro de rendir culto a dioses falsos y anunció la destrucción de Israel y del Templo si el pueblo persistía en la idolatría.

Con tono crítico e irónico, denunció costumbres judías impregnadas de paganismo, y rechazó toda alianza con potencias extranjeras por miedo a la contaminación idolátrica. Según su visión, quienes aceptaran las exigencias de Yahvé verían llegar un reino futuro, encabezado por el rey Mesías, el Emmanuel («Dios con nosotros»), descendiente de David.

Durante el reinado de Ezequías, hijo de Ajaz, los asirios tomaron Samaría y deportaron a sus habitantes a Nínive, poniendo fin al reino del Norte. Según la tradición, Isaías murió martirizado bajo el reinado de Manasés, hijo de Ezequías.

Isaías es considerado, junto con Job, uno de los grandes poetas de la Biblia. Sus oráculos están recogidos en la primera parte del libro que lleva su nombre. Sin embargo, los estudiosos han identificado en ese texto diferentes voces proféticas colocadas bajo el patronazgo del gran Isaías del siglo VIII a. C. Escritos en épocas distintas, estos textos muestran la influencia de su mensaje en generaciones posteriores, al punto de hablarse de una verdadera «escuela» de Isaías, origen de nuevos oráculos posteriormente agrupados bajo su nombre.

Por eso, los expertos suelen hablar de un Segundo Isaías (capítulos 40–55), compuesto hacia el final del exilio en Babilonia, probablemente por un profeta del siglo VI a. C.; y de un Tercer Isaías (capítulos 56–66), redactado tras el regreso a Palestina, posiblemente por una escuela de fieles instruidos por el Segundo Isaías.

A pesar de las múltiples autorías, el libro mantiene una notable coherencia teológica, convirtiéndolo en una obra única de 66 capítulos. Comprender estas profecías y su cumplimiento resulta clave para la teología cristiana, ya que muchas de ellas están en la base de la fe compartida por cristianos y judíos mesiánicos —una corriente minoritaria del judaísmo que reconoce a Cristo como el Mesías, sin abandonar del todo las tradiciones mosaicas ni aceptar el bautismo cristiano.

Pero más allá de su compleja autoría, lo verdaderamente asombroso de Isaías son sus profecías sobre Jesús, pronunciadas siglos antes de su nacimiento. El Nuevo Testamento, especialmente los evangelios de Mateo y Lucas, citan con frecuencia a Isaías como prueba del cumplimiento de la alianza de Dios en la persona de Cristo.

Desde san Pablo hasta los padres del desierto, el cristianismo ha visto en Isaías un anuncio claro de la venida de Cristo y de su misión redentora. Sus profecías no solo confirman la identidad de Jesús como el Salvador, sino que también iluminan su papel dentro del plan divino de salvación y su impacto en la vida de cada creyente.

Como expresó san Juan Pablo II, la lectura del libro de Isaías ayuda a «descubrir con los ojos de la fe la presencia divina en el espacio y en el tiempo, así como en nosotros mismos, fuente de esperanza y de confianza, incluso cuando nuestro corazón está turbado y sacudido, como se estremecen los árboles del bosque por el viento» (Isaías 7,2).

Y en palabras del propio profeta, en Isaías 2,3:

«Venid, subamos al monte de Yahveh, a la Casa del Dios de Jacob, para que él nos enseñe sus caminos y nosotros sigamos sus senderos. Pues de Sión saldrá la Ley, y de Jerusalén la palabra de Yahveh.»

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