Isaías fue un profeta de Judá cuyo nombre significa «Yahvé es salvación». Vivió en el siglo VIII a. C., en un periodo convulso marcado por la caída de Samaría ante Asiria (722 a. C.). Contemporáneo de Amós, Oseas y Miqueas, pertenece al grupo de los profetas mayores.
Según relata su propio libro, fue llamado por Dios en el Templo de Jerusalén durante el reinado de Ozías. Desde entonces desarrolló su misión principalmente bajo los reinados de Jotam, Ajaz y Ezequías, actuando también como consejero de los reyes. Isaías advirtió con firmeza contra la idolatría y las alianzas con pueblos extranjeros, anunciando la destrucción de Israel y del Templo si el pueblo no permanecía fiel a Yahvé.
Su mensaje central es profundamente mesiánico: anunció la llegada de un rey salvador, el Emmanuel (Dios con nosotros), descendiente de David, que traería paz y justicia definitivas. La tradición sostiene que Isaías murió martirizado durante el reinado de Manasés.
Isaías es considerado, junto con Job, uno de los mayores poetas de la Biblia. El libro que lleva su nombre consta de 66 capítulos y recoge textos de distintas épocas y autores, agrupados bajo su figura:
- Primer Isaías (caps. 1–39), del siglo VIII a. C.
- Segundo Isaías (caps. 40–55), escrito durante el exilio en Babilonia
- Tercer Isaías (caps. 56–66), posterior al regreso a Jerusalén
Esta unidad literaria refleja la influencia duradera de su mensaje, hasta el punto de hablarse de una auténtica escuela de Isaías.
Para la fe cristiana, las profecías de Isaías son fundamentales. El Nuevo Testamento, especialmente Mateo y Lucas, cita con frecuencia sus textos para mostrar el cumplimiento de las promesas en la persona de Jesús, reconocido como el Mesías. Desde san Pablo hasta los Padres de la Iglesia, Isaías ha sido visto como un profeta que anticipa la venida de Cristo y su obra redentora.
Como recordaba san Juan Pablo II, el libro de Isaías sigue ayudando hoy a descubrir la presencia de Dios en la historia y en la vida personal, siendo fuente de esperanza incluso en tiempos de dificultad.
El propio profeta invita a la peregrinación espiritual y real a Jerusalén:
«Venid, subamos al monte de Yahveh, a la Casa del Dios de Jacob, para que él nos enseñe sus caminos y nosotros sigamos sus senderos» (Is 2,3).


