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La Tumba de Jesús en Jerusalén

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La Tumba de Jesús en Jerusalén

Según lo recogido en el Nuevo Testamento, Jesús fue crucificado en algún momento entre el año 30 y 33 en el monte Gólgota. El destino de los crucificados era la fosa común. Pero José de Arimatea, un rico comerciante discípulo de Jesús, obtuvo permiso de las autoridades romanas para darle sepultura. La entrada de la tumba fue sellada con una gran piedra redonda, según la costumbre de la época. Tres días después, cuando un grupo de mujeres que acompañaban a Jesús, entre las que se encontraba María Magdalena, se acercaron a la tumba, y la encontraron abierta y vacía.

Tras haber sido una religión perseguida y combatida durante muchos años, el cristianismo se volvió credo oficial en el Imperio Romano cuando en el año 313 el emperador Constantino autorizó la práctica de esa fe.

El propio Constantino se había convertido al cristianismo. En buena medida, ello se debió a la influencia de su madre, Elena. Fue ella quien peregrinó a Tierra Santa en busca de las huellas de Jesús.

La madre de Constantino, Santa Elena para la Iglesia Católica, viajó con un grupo de obreros que realizaron excavaciones en el monte Calvario. De allí, se asegura, regresó con fragmentos de la cruz y otras reliquias vinculadas a Jesús.

Se atribuye a Santa Elena la localización de la tumba de Jesús, sobre la cual los romanos habían construido un templo pagano, que Constantino hizo derribar para edificar allí la Iglesia del Santo Sepulcro. 

Si bien los arqueólogos consideran imposible de momento afirmar fehacientemente que en el sitio hoy venerado estuvo la efímera tumba de Cristo, sí pueden sostener que la actual Iglesia y el Santo Sepulcro están en la misma ubicación fijada en el siglo IV por Santa Elena y Constantino.

Esto es el resultado de trabajos de restauración realizados en tiempos muy recientes.

Cuando Santa Elena y su séquito llegaron a Jerusalén, en torno al año 325, sus investigaciones los llevaron hacia un templo romano -pagano- construido unos 200 años antes. Ese templo fue demolido y debajo se halló una tumba tallada en una cueva de piedra caliza. Para exponer el interior del sepulcro, en el cual el cuerpo de Jesús había sido depositado sobre una cama sepulcral -una plataforma- labrada en la piedra, se talló la parte superior de la cueva. Y para preservarlo se construyó el Edículo, una suerte de templete que rodea el sepulcro.

Fue allí donde se recogieron unas muestras de argamasa para fechar los materiales. 

Esto fue posible porque las seis órdenes cristianas que custodian el Santo Sepulcro (Iglesia Ortodoxa Griega, Católica Romana, Apostólica Armenia, y las Ortodoxas Siria de Antioquía, Copta y Etíope) dieron su conformidad para que un equipo de la Universidad Técnica Nacional de Atenas llevara a cabo una inspección y restauración del Edículo, la estructura que cubre el sepulcro. El 22 de marzo de 2016 firmaron un acuerdo para proceder a la restauración. Este fue un momento histórico.

Porque más allá de las obras, todo el trabajo de esos meses dejó al mundo el mensaje de que la unidad de los cristianos es posible. Ese acuerdo supuso, por primera vez en muchos años, transformar Jerusalén y convertir la ciudad en un lugar de paz y de unidad en vez de un lugar de conflicto.

 

Por primera vez en la historia, se abría el Santo Sepulcro…

Las conclusiones de ese equipo de expertos fueron reveladas por la National Geographic Society, que participó en el proyecto «Intervenciones de conservación, fortalecimiento y reparación para la rehabilitación del Santo Edículo» de la Iglesia de la Resurrección de Jerusalén. Estos trabajos fueron supervisados por el equipo interdisciplinario de la Universidad Técnica Nacional de Atenas para la Protección de Monumentos, dirigido por la profesora Antonia Moropoulou.

De este modo, y por primera vez en siglos, se pudo apreciar el interior del sepulcro, es decir la superficie original de la que habría sido en Jerusalem la tumba de Jesús.

La cobertura de mármol que sellaba la tumba estaba datada como mínimo de mediados del siglo XVI, pero los primeros estudios realizados en el material interno demuestran que son de la época de Constantino, es decir, del siglo IV.

Esto implica que el sitio sagrado, al menos el que Santa Elena y su hijo, de acuerdo a indicaciones de la tradición oral de la región, habían reconocido como la localización de la tumba vacía de Jesucristo, es el mismo que hoy en día veneran los fieles católicos y custodia la iglesia en Jerusalén. Recordemos que, para la tradición cristiana, el cuerpo de Jesús sólo permaneció durante tres días en ese lugar, ya que luego resucitó.

Estas evaluaciones científicas realizadas en 2017 confirman que los restos de la cueva de piedra caliza ubicada en el interior de la Iglesia de la Resurrección en Jerusalén, son los de la tumba localizada por los romanos entre el año 325 y 326. La datación de la mezcla usada en su construcción es del año 345 aproximadamente, según reveló la National Geographic Society.

La Iglesia de la Resurrección de Jerusalén, tumba de Jesús, es de tal magnitud, tanto arquitectónica como emocional, que quienes llegan para visitar este lugar sagrado para los cristianos necesitarán varias horas para completar la visita al Santo Sepulcro.

Para aquellos interesados solo en su atractivo turístico, estos son los tres lugares imprescindibles que ver en la Basílica del Santo Sepulcro:

La Piedra de la Unción: en la entrada principal de la basílica reposa la famosa piedra donde, según los evangelios, fue limpiado y ungido con aceites el cuerpo de Jesús al ser descendido de la cruz. Se trata de una lámina de roca rosácea, muy desgastada por los cientos de fieles de todas partes del mundo que cada día se sitúan alrededor de la piedra esperando su turno para arrodillarse y tocar besar esta reliquia volviendo a ungir simbólicamente al Señor con sus manos y labios.

Monte Calvario: a la derecha de la Piedra de la Unción, unas escaleras de piedra conducen a una sala elevada, que representa el Monte Gólgota donde Jesús fue crucificado allí fue construida la capilla de la Crucifixión, en la que hay un altar distinto a todos los demás: bajo él e introduciendo el brazo por un hueco, podréis tocar la piedra en la que, aseguran, fue clavada la cruz del martirio.

El Edículo: donde enterraron a Jesús y su tumba. El gran mausoleo de mármol que corona la nave circular de la basílica es el principal atractivo del Santo Sepulcro, en forma de cubo situado en el centro de una rotonda y al que hay que entrar agachado. Una vez en su interior, se permite orar brevemente, durante unos pocos minutos, para enseguida dar paso a otras personas, pues allí dentro no caben más que cuatro o cinco. Si profesa la fe cristiana, le será imposible no sentirse impactado en lo más hondo de su ser.

El Santo Sepulcro de Jerusalén, templo con categoría de basílica –llamada de la Resurrección–, que se levanta sobre este montículo donde la tradición señala que Cristo fue crucificado –Gólgota en arameo y Calvario en latín–, y que en sus entrañas se custodia la propia tumba de Jesús es diferente a otras basílicas y a la vez impresionante.

Resulta imposible definir el recinto según los cánones arquitectónicos. Desde luego, no es de planta de cruz latina ni griega ni tiene de bóvedas de cañón o de crucería como nuestras catedrales europeas.

Por dentro conviven los recargados ornamentos y cirios ortodoxos con una austeridad franciscana tamizada por influencias de Oriente Próximo, visto el templo desde el exterior o a golpe de Google Earth, resulta un poliedro irregular de piedra y mampostería reflejo del caos que supone haber sido arrasado y reconstruido muchas veces a lo largo de casi dos mil años, desde la primera edificación que levantó el emperador Constantino. 

Ninguno de los representantes cristianos que lo habitan posee la llave que abre y cierra la doble puerta del templo, modesta, de madera vetusta, en la esquina de una plaza empedrada del barrio cristiano. Lo viene haciendo una familia musulmana desde tiempos de Saladino, allá por la Tercera Cruzada (s. XII) y aunque la intención inicial era que los cristianos no recuperasen el bien más preciado de Tierra Santa, hoy funciona como mecanismo diplomático de primer orden: varios representantes cristianos de los seis grupos cuya fe se distingue por su origen geográfico (griego, armenio, etíope, sirio, copto y franciscano) se quedan encerrados cada atardecer para que, cada día, antes del alba, un musulmán apoye una escalera contra el portón, les eche la llave por un ventanuco y el Santo Sepulcro vuelva a abrirse.

Son los griegos quienes disfrutan de más metros cuadrados: el Calvario, la piedra de la unción y el katholicón, entre sus posesiones principales. Los armenios, también ortodoxos, son los dueños del subsuelo, donde hay una capilla dedicada a Santa Elena, madre del emperador Constantino, quien convirtió el cristianismo en religión oficial de Roma. Los franciscanos dominan la capilla de la Crucifixión, el lugar donde se descubrió la cruz y dos oratorios donde Cristo se apareció a su madre y a María Magdalena, mientras que los coptos controlan solamente una pequeña capilla dedicada a José de Arimatea. Los etíopes deben conformarse con el tejado. Se dice que, si un etíope se mueve de su zona, el copto podría enfadarse creyendo que trata de ocupar su delimitación, lo mismo sucedería con los otros cuatro. Ya ocurrió los etíopes controlaban el tejado y lograron ocupar un trozo extra en un descuido copto allá por 1970. En 2002, un monje franciscano movió su silla unos centímetros y hubo hasta heridos. La policía israelí ha debido intervenir para pacificar más de un encontronazo.

Este lugar es especial, es un monumento único no solo para los cristianos, sino también para todo el mundo. La tumba de Cristo es un lugar vivo. El mensaje de la Resurrección es para toda la humanidad, un auténtico legado para todos los hombres de cualquier lugar y época.

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